El conejo astuto
Hace mucho, mucho tiempo, en lo más hondo del mar azul, había un palacio de cristal. El rey de aquel mar, el Rey Dragón, cayó enfermo y se quedó postrado, débil y sin fuerzas. Todos los peces del océano se llenaron de preocupación.
Vino entonces un médico muy sabio y dijo: “Si come usted el hígado de un conejo de la tierra, sanará.” Pero ninguno de los habitantes del mar había subido nunca a la tierra firme.
En ese momento se adelantó la tortuga, la del caparazón duro y firme. “Yo iré y traeré al conejo”, dijo. Y despacio, muy despacio, pero con todo su ánimo, empezó a nadar hacia la orilla.
Tras un largo, larguísimo nado, la tortuga llegó por fin a un prado junto al mar. Y justo allí andaba un conejo, brincando y saltando, feliz. La tortuga se acercó a él con una voz suave y dulce.
“Señor conejo, el palacio del fondo del mar es de verdad hermoso”, dijo la tortuga. “Y está lleno de hierbas riquísimas.” El conejo abrió los ojos, redondos de asombro. “¿Un lugar tan maravilloso existe?”
Al conejo se le despertó la curiosidad. De un salto se subió al caparazón de la tortuga y juntos bajaron al fondo del mar. Aquel palacio que veía por primera vez brillaba, brillaba, deslumbrante.
Pero al llegar al palacio, el ambiente se sintió raro, extraño. Solo entonces el conejo comprendió la verdad: lo habían traído porque querían su hígado. Al conejo se le encogió el corazón de golpe.
Aun así, en lugar de dejarse vencer por el miedo, el conejo se quedó muy quieto y empezó a pensar con calma. Y luego, como si nada, dijo: “Ay, qué problema. Resulta que me dejé el hígado allá arriba, en la tierra.”
El Rey Dragón, sorprendidísimo, preguntó: “¿Que te dejaste el hígado? ¿Qué quieres decir con eso?” El conejo respondió con mucha serenidad: “Nosotros, los conejos, solemos sacarnos el hígado para secarlo al sol.”
“Y justo hoy lo dejé tendido sobre una roca”, siguió el conejo, fingiendo lo más tranquilo del mundo. “Si me llevan de vuelta a la tierra, lo recojo en un momento.” Y todos creyeron sus palabras.
Así que la tortuga volvió a subir al conejo en su caparazón y nadaron de regreso a la orilla. En cuanto sus patas tocaron la playa, el conejo dio un brinco y se bajó de un salto. Y enseguida echó a correr, brinca que brinca, hacia la maleza.
“¡Señora tortuga! ¿Dónde se ha visto un animal que lleve el hígado por fuera del cuerpo!”, gritó el conejo entre risas. Solo entonces la tortuga supo que la habían engañado. Pero no pudo enojarse con el conejo.
El conejo listo regresó sano y salvo a su prado. La tortuga se quedó con las manos vacías, pero pensó que era mejor así, que el conejo no hubiera salido lastimado. Hasta sintió, sin saber por qué, un rinconcito del corazón más ligero.
Por suerte, el Rey Dragón también, con el paso del tiempo, fue recuperando poco a poco sus fuerzas. Y los peces del mar volvieron a llenarse de vida. El conejo, desde aquel día, siguió viviendo con astucia, feliz y por muchos, muchos años, en su querido prado.
El conejo, incluso en el momento más aterrador, no lloró ni hizo berrinche. En lugar de eso, respiró despacio, pensó con calma y, con astucia, encontró la salida.
A lo largo de la vida, mi pequeño también se topará a veces con cosas que lo dejen desconcertado de repente. Cuando eso pase, ojalá sepas, antes que asustarte, tomar aire un instante y preguntarte: "¿qué será lo mejor que puedo hacer?". Una mente serena y clara te saca de cualquier mar, por hondo que sea.
Y ese corazón tan ancho de la tortuga, que al final nunca llegó a odiar al conejo, a papá también le gusta mucho. Que crezcas siendo alguien que lleva las dos cosas dentro, la astucia y la generosidad, es lo que papá desea en silencio.