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cuento popular coreano · Cuento tradicional coreano 'El abuelo del bulto'

El abuelo que cantaba

cuento popular coreano · un cuento para leer en voz alta · unos 4 min

Hace mucho, mucho tiempo, en cierta aldea vivía un abuelo al que le encantaba cantar. En una de sus mejillas tenía un bultito redondo y blandito. Por eso la gente lo llamaba el abuelo del bulto.

El abuelo tenía un corazón bondadoso y cantaba de maravilla. Hasta cuando subía al monte a cortar leña, iba tarareando dulces canciones. Y los pajaritos se detenían a escucharlo.

Un día, cortando leña, se le hizo de noche sin darse cuenta. El abuelo encontró una cabaña vacía y decidió pasar allí la noche. En lo profundo del bosque, la oscuridad se volvía cada vez más callada.

Como se aburría, el abuelo empezó a cantar muy bajito. Una melodía tibia y cariñosa se fue derramando por toda la cabaña. Era tan hermosa que se extendió suavemente por todo el bosque.

Entonces, de algún lugar, fueron llegando los duendes. No eran duendes de dar miedo, sino traviesos y juguetones, y locos por la música. Cautivados por la canción del abuelo, aguzaron las orejas.

“Abuelo, ¿de dónde sale esa canción tan bonita?”, preguntaron los duendes. El abuelo dudó un momento y, en broma, señaló el bulto de su mejilla. “Pues no sé… a lo mejor sale de este bultito.”

A los duendes se les pusieron los ojos como platos. “¡Regálanos ese bulto! A cambio te daremos un tesoro.” Y sacaron montones de oro y joyas relucientes.

Despacito, los duendes le quitaron el bulto al abuelo. Y, qué cosa más curiosa, no le dolió ni un poquito. El abuelo consiguió tesoros, se quedó sin el bulto y volvió a casa con el corazón ligero.

Pronto el rumor llegó hasta la aldea vecina. Allí vivía otro abuelo con un bulto, pero muy codicioso. Al oír la historia del tesoro, se le iluminaron los ojos de pura avaricia.

El abuelo codicioso fue a propósito hasta aquella cabaña. En cuanto los duendes se acercaron, se puso a cantar a toda prisa. Pero su melodía era áspera y no llevaba nada de corazón.

Los duendes ladearon la cabeza, extrañados. “Tu canción no tiene nada de calorcito.” Aun así, el abuelo codicioso insistía señalando su bulto. “¡Sale de este bulto, daos prisa y dadme el tesoro!”

Los duendes se pusieron a cuchichear y luego sonrieron. “El bulto de la otra vez no cantaba nada. ¡Llévate este también!” Y le pegaron en la mejilla el bulto que guardaban de antes.

Así fue como el abuelo codicioso terminó con dos bultos. Al mirarse en el espejo, hasta él sintió vergüenza. Le dio pena su propio corazón, cegado solo por los tesoros.

Poco a poco, decidió ir soltando su codicia. Y con el tiempo, su corazón también fue encontrando la calma. La historia de los dos abuelos se contó en la aldea, dulcemente, durante muchísimo tiempo.

Unas palabras de papá ✶

La canción del abuelo era tan hermosa no solo por su talento, mi amor. Era porque en cada melodía guardaba un corazón calentito. Los duendes supieron reconocer justo eso: la sinceridad.

El abuelo codicioso tenía el mismo bulto y copió la misma canción, pero su corazón no estaba dentro. Mi bebé, ojalá que cuando hagas algo, antes que la codicia de buscar tesoros, pongas siempre primero un corazón tierno. La sinceridad, por arte de magia, siempre llega al corazón de quien escucha.

Papá desea que en tu vocecita haya siempre esa misma ternura. Ese corazón que brilla solo, sin necesidad de codiciar nada, es la canción más hermosa del mundo entero.

Que duermas bien, pequeño. 🌙