Heungbu y Nolbu
Hace muchísimo tiempo, en una pequeña aldea, vivían dos hermanos. El mayor se llamaba Nolbu, y el menor, Heungbu.
Nolbu, el hermano mayor, era un hombre que tenía muchísimas cosas. Pero Heungbu, el menor, tenía un corazón dulce y tibio como un caramelo.
Cuando sus padres partieron en un largo viaje, el codicioso Nolbu se quedó él solo con todo lo que habían dejado. Y entonces echó al bondadoso Heungbu lejos de casa, con las manos vacías.
En la casa de Heungbu había muchísimos niños. Siempre faltaba comida, siempre faltaba ropa. Aun así, Heungbu nunca perdió la ternura de su corazón. “Aunque tengamos poco, nuestro corazón es rico”, decía, y reían todos juntitos, en voz bajita.
Llegó un día tibio de primavera. Bajo el alero de la casa de Heungbu, una pareja de golondrinas hizo su nido. Y muy pronto, de los huevos nacieron unos pequeños y adorables polluelos.
Pero un día, una de las golondrinas más pequeñas cayó del nido. Su patita delgadita se había roto, y temblaba sin parar.
Heungbu tomó a la pequeña golondrina entre sus dos manos, con mucho cuidado. Le vendó la patita con todo su cariño, le preparó un rinconcito suave y calentito, y la cuidó cada día, día tras día. No pasó mucho tiempo antes de que la golondrina sanara del todo y pudiera volar de nuevo, libre, por el cielo.
Cuando llegó el otoño, las golondrinas volaron muy lejos, hacia tierras cálidas del sur. Y a la primavera siguiente, aquella golondrina que Heungbu había sanado regresó. Traía en su pico una pequeña semilla, y la dejó caer suavemente frente a Heungbu.
Heungbu sembró aquella semilla en su patio. La calabaza creció y creció, hasta que sobre el tejado colgaban enormes calabazas, una junto a otra.
Llegado el otoño, la familia de Heungbu se puso a cortar las calabazas con la sierra, ris ras, ris ras. Y entonces, ¡vaya sorpresa! De la primera calabaza brotaron oro y plata relucientes; de la segunda, arroz y granos; y de la tercera, una hermosa casa nueva. Así fue como el bondadoso Heungbu se volvió muy rico.
El rumor llegó también a oídos de su hermano Nolbu. Al codicioso Nolbu le ardió el estómago de envidia. “¡Si yo también le curo la patita a una golondrina, me volveré rico!”
Entonces Nolbu atrapó a propósito a una golondrina sana, le rompió la patita y luego se la vendó. La pobre golondrina partió hacia el sur, y a la primavera siguiente también le trajo a Nolbu una semilla en su pico.
Nolbu, entusiasmado, sembró su calabaza. Pero esta vez, de la calabaza salieron en tropel unos duendes nada amables. Se llevaron todas las riquezas de Nolbu y desaparecieron muy lejos. En una sola mañana, Nolbu se quedó sin nada, y solo entonces, avergonzado de su propia codicia, se echó a llorar a lágrima viva.
¿Y qué creéis que hizo Heungbu al enterarse de todo esto? Heungbu no guardó rencor a su hermano. Al contrario, corrió hacia él y, tendiéndole la mano con ternura, le dijo: “Hermano, vivamos juntos.”
Nolbu, lleno de vergüenza, tomó despacito la mano de su hermano. Y desde aquel día, los dos hermanos se quisieron mucho y vivieron felices y en paz por muchos, muchos años.
Heungbu no recibió su fortuna por los tesoros que salieron de las calabazas, mi vida. La recibió porque, al ver a una pequeña golondrina con la patita rota, no apartó la mirada, sino que la cuidó con sus manos tibias y amorosas.
El corazón del mundo es así: guarda en su memoria cada gesto de bondad que tú regalas a lo más pequeño, y un día, cuando menos lo esperas, te lo devuelve redondo y generoso.
Tú también, mi bebé, ojalá llegues a ser de esas personas que, al encontrarse con alguien más pequeño o más débil, saben tender la mano en silencio. Esa es la mayor riqueza del mundo, la que tu papá sueña para ti.