Los hermanos que se querían
Hace muchísimo tiempo, en una pequeña aldea, vivían dos hermanos. El mayor era muy trabajador, y el pequeño era muy cariñoso. Los dos se querían con todo el corazón.
Cuando llegó el otoño, los campos se tiñeron de color dorado. Los hermanos segaron el arroz uno al lado del otro, ataron las gavillas y se las repartieron por igual. Un montón para el hermano mayor, otro montón para el pequeño. Exactamente iguales.
Aquella noche, el hermano mayor se acostó y se quedó pensando en silencio. “Mi hermano acaba de formar su hogar, seguro que necesita muchas cosas.” Entonces se levantó muy despacito.
El hermano mayor tomó un buen brazado de sus gavillas y caminó de puntillas bajo la luz de la luna. Las apiló con cuidado en el granero de su hermano y regresó. Sentía el corazón calentito, calentito.
Pero esa misma noche, el hermano pequeño tampoco podía dormir. “Mi hermano tiene muchas bocas que alimentar, debería añadirle un poco de lo mío.” Y también se levantó en silencio.
El hermano pequeño tomó sus gavillas en brazos y fue hasta el granero del mayor. Sin hacer ruido, las apiló allí y regresó. Las estrellas del cielo brillaban, brillaban en la noche.
A la mañana siguiente, el hermano mayor ladeó la cabeza, extrañado. Estaba segurísimo de haber llevado las gavillas, y sin embargo su granero seguía igual que antes. “Qué raro”, se dijo, frotándose los ojos.
Al hermano pequeño le pasaba lo mismo. Las gavillas de su granero no habían menguado ni un poquito. “¿Cómo puede ser?”, se preguntaba, ladeando también la cabeza.
Aquella noche, el hermano mayor volvió a salir al camino con las gavillas en brazos. El hermano pequeño salió también con las suyas. Y los dos, bajo la luna resplandeciente, se encontraron de frente, justo en medio del sendero del arrozal.
Gavillas en los brazos del mayor, gavillas en los brazos del pequeño. Los dos se miraron y se quedaron quietos, sin moverse. En ese instante lo comprendieron todo.
El hermano mayor tomó de la mano a su hermano. El pequeño se apoyó suavemente en el hombro del mayor. A los dos se les llenaron los ojos de algo cálido.
“Hermano, así que pensabas en mí.” “No, fuiste tú quien pensó primero en mí.” Y la luz de la luna envolvió a los dos hermanos con su abrazo tibio y suave.
Desde entonces, los hermanos siguieron viviendo juntos en armonía durante muchos, muchos años. El cariño de pensar primero en el otro, por más que lo repartían, nunca menguaba. Al contrario, cada vez crecía más y más.
Las gentes de la aldea llamaron a aquel sendero “el camino de los hermanos que se querían”. Y dicen que, en las noches de luna llena, aún hoy ese camino es el que brilla con más luz.
Lo que aquel hermano mayor y aquel hermano pequeño se dieron durante toda la noche no fueron solo gavillas de arroz. Se entregaban, despacito, el cariño de pensar primero en el otro.
Tú también, mi amor, vivirás teniendo a alguien a tu lado. Y si entonces hay alguien que piensa "aunque yo tenga un poco menos, ojalá esa persona no le falte de nada", esa persona es muy afortunada. Papá desea que mi pequeño llegue a ser así: alguien de corazón generoso, que sepa pensar primero en los demás.
Y lo más asombroso es que ese cariño que se regala nunca se acaba. Cuanto más se reparte, más crece. Ese cariño es el tesoro más valioso que papá quiere dejarte.