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cuento popular asiático · Cuento clásico chino 'El necio que movió las montañas'

El abuelo que movió las montañas

cuento popular asiático · un cuento para leer en voz alta · unos 4 min

Hace mucho, mucho tiempo, en una aldea vivía un abuelo llamado Yugong. Tenía casi noventa años, pero su corazón era más firme que el de nadie. Justo delante de su casa se alzaban, tercas, dos grandes montañas.

Por culpa de esas montañas, fueran a donde fueran, tenían que dar un enorme rodeo. Ir al mercado o visitar a un vecino llevaba muchísimo tiempo. La gente del pueblo suspiraba siempre por lo incómodo que era.

Un día, Yugong reunió a toda su familia. “¿Y si juntamos nuestras fuerzas y movemos estas montañas?”, dijo. A todos se les abrieron los ojos de asombro. Pero, al poco, fueron asintiendo con la cabeza.

Desde el día siguiente, Yugong y su familia subieron a la montaña. Cavaban la tierra, la echaban en las cestas y la llevaban, carga a carga, hasta el mar lejano. Una cesta de tierra, una piedra. Así empezó todo, muy despacito.

Los vecinos los miraban y se reían. “Abuelo, ¿y cuándo piensa terminar de mover una montaña tan grande?” Yugong detenía las manos que cargaban la tierra y sonreía con dulzura.

“Si yo no logro moverlas todas, las moverá mi hijo”, decía con calma. “Y lo que no acabe mi hijo, lo seguirá mi nieto. La montaña no crecerá más, pero nosotros seguiremos y seguiremos, así que algún día quedará llana del todo.”

Ante esas palabras, los vecinos se quedaron sin nada que decir. Sintieron que el corazón de Yugong era más firme que cualquier montaña. Y él y su familia, lloviera o nevara, seguían llevando su cesta de tierra cada día.

Pasó un año, y luego otro. La montaña, poco a poco, muy poco a poco, se iba haciendo más baja. Y nadie detuvo nunca aquel paso tan lento.

Desde lo alto, el cielo observaba en silencio toda aquella entrega, y se conmovió. “¿Cómo puede ser tan grande el corazón de gente tan pequeña?” Y, con disimulo, el cielo decidió echar una mano.

Una mañana, la gente del pueblo se llevó una enorme sorpresa. Las dos montañas que tapaban sus casas habían sido apartadas a lo lejos. El camino quedó abierto de par en par, y por fin se podía ir derecho a cualquier parte.

Solo entonces lo comprendieron: hasta lo más lento, lo que parece no tener final, acaba cumpliéndose si uno no se detiene. El corazón firme de Yugong había logrado mover hasta las montañas.

Yugong y su familia caminaban por el camino abierto con una sonrisa radiante. Porque ya sabían que, aunque se vaya despacio, paso a paso siempre se llega. Y aquella aldea vivió, durante mucho, mucho tiempo, tranquila y feliz.

Unas palabras de papá ✶

Lo que permitió al anciano mover las montañas no fue su fuerza, mi amor. Fue que llevaba una cesta de tierra cada día, sin saltarse ni uno solo, con paciencia y constancia.

Tú también, cuando crezcas, te encontrarás con cosas tan grandes que parecerá imposible verles el final. Cuando eso pase, no quiero que te angusties por hacerlo todo de una vez; quiero que seas de los que dan, con calma, el único paso que sí pueden dar hoy. Porque si los pasos pequeños nunca se detienen, hasta la montaña más alta acaba quedando atrás.

Papá quiere caminar a tu lado, paso a paso, en cada uno de esos caminos. No pasa nada si vamos despacio. Mientras no nos detengamos, seguro que llegaremos.

Que duermas bien, pequeño. 🌙