La gratitud de la grulla
Hace mucho, mucho tiempo, en una tierra donde la nieve caía mansa y silenciosa, vivía un joven de corazón bondadoso. Tenía muy poco, pero apreciaba hasta la vida más diminuta. Aquel día, el joven volvía a casa después de pasar por el mercado.
Mientras cruzaba un campo cubierto de nieve, de pronto se detuvo. Una grulla blanca como la nieve aleteaba atrapada en una trampa. Sus ojos estaban llenos de miedo.
El joven se acercó despacito y, con mucho cuidado, la soltó de la trampa. “Ya está, ya estás a salvo. Anda, vete tranquila.” La grulla abrió sus alas de par en par y se elevó muy alto en el cielo. Dio una vuelta entera y, como dándole las gracias, inclinó la cabeza.
Aquella noche se desató una tormenta de nieve. Alguien llamó suavemente a la puerta de la cabaña del joven. Cuando abrió, una hermosa mujer vestida de blanco temblaba de frío ante él.
“Me he perdido en el camino. ¿Podría quedarme solo esta noche?”, preguntó la mujer. El joven le cedió de buena gana su habitación y le preparó un caldo calentito. La ternura de aquel gesto le templó el corazón a la mujer.
La mujer se quedó unos días y ayudó con las tareas de la casa. Sus manos eran tan diestras que la cabaña estaba siempre cálida y reluciente. Sin darse cuenta, los dos empezaron a quererse muy hondo.
Cuando el invierno se hizo más crudo y la vida más difícil, la mujer dijo: “Voy a tejerte una tela preciosa. Llévala al mercado y véndela.” Solo le pidió una cosa: que no abriera la puerta de la habitación mientras ella tejía.
La mujer entró en la habitación y pasó varios días y varias noches sentada ante el telar. La tela que salió de allí era suave como un rayo de sol y blanca como la nieve. Cuando la llevó al mercado, la gente se apresuraba a comprársela.
Gracias a eso, poco a poco fueron viviendo con holgura. Pero cada vez que tejía, la mujer se iba quedando más delgada. El joven, preocupado, terminó por asomarse a hurtadillas por la rendija de la puerta.
Dentro de la habitación no había una mujer, sino una grulla blanca. La grulla se arrancaba sus propias plumas, una a una, y con ellas tejía aquella hermosa tela. Solo entonces el joven lo comprendió todo.
Aquella grulla era la misma que él había liberado de la trampa días atrás. Había venido con forma de persona para devolverle la ternura recibida. Los ojos del joven se llenaron de algo cálido.
La grulla alzó despacito la cabeza y miró al joven. “Has sabido reconocer lo que hay en mi corazón. Ahora debo volver al cielo.” En su voz no había rencor, solo una gratitud muy profunda.
Como último regalo, la grulla dejó la más hermosa de sus telas. Después abrió la ventana de par en par, extendió sus alas blancas y se elevó hacia el cielo. Dio una vuelta entera y, una vez más, inclinó la cabeza.
El joven guardó aquella hermosa tela durante mucho, mucho tiempo. La grulla se había marchado lejos, pero el cariño que se habían entregado el uno al otro se quedó siempre a su lado. En las noches de nieve, el joven miraba al cielo y sonreía dulcemente.
En esta historia, la grulla y el joven se devolvieron la ternura que el uno al otro se habían dado. El joven no fingió no ver a aquel pequeño pájaro, y la grulla guardó ese gesto en cada una de sus plumas para poder agradecérselo.
Nuestro bebé también recibirá la ternura de alguien a lo largo de su vida. Ojalá guarde ese calor con cuidado en su corazón y aprenda a entregárselo, calladito, a otra persona. Esa ternura que va y viene es la que abriga incluso las noches más frías del invierno.
Que la grulla volviera al cielo no es algo triste. Como supieron reconocer lo que había en el corazón del otro, fue una despedida llena de gratitud. Papá desea que nuestro bebé crezca siendo una persona cálida, que sepa compartir de nuevo el amor que ha recibido.