El hacha de oro y el hacha de plata
Hace mucho, mucho tiempo, en lo hondo de las montañas, vivía un leñador de buen corazón. Cada día subía a la montaña a cortar leña, y con lo que ganaba al venderla cuidaba de su madre. Tenía poco, pero su corazón estaba lleno.
Un día de verano, el leñador cortaba leña a la orilla de un estanque. Sudaba a mares mientras daba hachazos. Y de pronto, el hacha se le resbaló de las manos.
El hacha cayó, ¡plof!, hasta el fondo del estanque profundo. El leñador se dejó caer en la orilla, abatido. “Sin esa hacha no puedo cortar leña… ¿qué voy a hacer ahora?” Un suspiro se le escapó del pecho.
Justo entonces, el centro del estanque empezó a brillar y a relucir, y de las aguas se alzó el espíritu de la montaña, de larga barba blanca. En la mano sostenía un hacha de oro reluciente.
“¿Es tuya esta hacha de oro?”, preguntó el espíritu. El leñador negó con la cabeza. “No, señor. Mi hacha no es tan hermosa.”
El espíritu volvió a sumergirse en el agua. Esta vez salió con un hacha de plata. “¿Será entonces tuya esta hacha de plata?” El leñador volvió a negar con la cabeza.
“Tampoco es esa. La mía es una vieja hacha de hierro, gastada y sin filo”, dijo el leñador con sinceridad. No tenía la menor intención de añadir ni una sola mentira.
El espíritu sonrió de un modo apacible. Lo tercero que sacó del agua fue, justamente, la vieja hacha de hierro del leñador. “Así es, esta sí que es tu hacha.” El leñador asintió, contento.
“Qué corazón tan recto tienes”, dijo el espíritu. “Te daré el hacha de oro y el hacha de plata también.” El leñador, sorprendido, movió las manos diciendo que no.
Pero el espíritu de la montaña puso las tres hachas en los brazos del leñador. Y luego, despacito, se desvaneció entre la bruma del agua. El leñador le dio las gracias una y otra vez.
Cuando el leñador regresó al pueblo y contó lo sucedido, un vecino codicioso corrió hasta el estanque. Dejó caer su hacha al agua a propósito y se quedó esperando al espíritu de la montaña.
En cuanto el espíritu apareció con el hacha de oro, el vecino se apresuró a decir: “¡Sí, esa es la mía!” Pero no era verdad.
El espíritu lo miró en silencio. Al vecino se le encendió la cara de vergüenza. Él mismo sintió pudor por haber mentido.
El espíritu se marchó sin darle ni el hacha de oro ni la de hierro. Con las manos vacías, el vecino volvió a casa con la cabeza gacha. Y nunca más intentó conseguir nada por medio de la mentira.
El buen leñador siguió viviendo con honestidad desde entonces. La gente confiaba en él y lo quería. Un corazón recto era, en verdad, un tesoro más brillante que cualquier hacha de oro.
El leñador no recibió el hacha de oro y el hacha de plata por suerte. Fue por su corazón recto, capaz de decir "esta no es la mía" aun sabiendo que lo único que se le había caído era una vieja y gastada hacha de hierro.
En la vida quizá lleguen momentos en los que parezca que mintiendo podrías conseguir mucho más. Aun así, mi pequeño, ojalá que en esos instantes sepas detenerte con calma y elegir la palabra verdadera. La honestidad puede parecer una pérdida en el momento, pero será ella la que te haga brillar durante mucho, mucho tiempo.
Papá desea que crezcas no como alguien que tiene muchas cosas, sino como alguien de corazón recto. Ese corazón recto es el verdadero tesoro, más brillante que el oro y que la plata.