El conejo que vive en la luna
Hace mucho, mucho tiempo, en un bosque verde y frondoso, vivía un conejo. Aunque su cuerpo era pequeño, su corazón era más generoso que el de cualquiera. Vivía en paz, charlando dulcemente con todos los amigos del bosque.
El conejo guardaba siempre un pensamiento muy querido en su corazón: “Si alguna vez encuentro a alguien con hambre, compartiré con él lo que tenga”. Así de cálido era el corazón de aquel pequeño conejo.
Una tarde de luna llena, un viajero cansado llegó al bosque. Parecía haber caminado un largo camino y se le veía muy hambriento. Los amigos del bosque acudieron, cada uno a su manera, a ayudarlo.
El mono trepó a los árboles y trajo frutas bien maduras. La nutria buscó en el río alimentos frescos y sabrosos. Con mucho cariño, los amigos ofrecieron al viajero todo lo que habían reunido.
El conejo también quería ofrecer algo. Pero lo único que tenía era la hierba del campo. “Esto es difícil de comer para una persona…”, pensó, y su corazón se fue haciendo cada vez más pequeño.
Aun así, el conejo no se rindió. Recogió un buen manojo de hierba y lo dejó con suavidad delante del viajero. “No es gran cosa, pero es todo lo que tengo”, dijo. Y sus ojos brillaban con verdadera sinceridad.
El conejo no guardó nada para sí mismo. Solo lamentaba, en el fondo, no tener más que ofrecer. “Quisiera darle hasta mi corazón entero”, pensó, mientras juntaba con cuidado sus patitas.
Al ver aquello, el viajero sonrió en silencio. En realidad, no era un viajero cualquiera, sino un ser bondadoso que había bajado del cielo. Había venido para conocer la ternura de los amigos del bosque.
El viajero quedó profundamente conmovido por el corazón del pequeño conejo. “Tu cuerpo es pequeño, pero tu corazón es el más grande de todo este bosque”, dijo. Y, para no hacerle ningún daño, lo envolvió con ternura entre sus dos manos.
“Un corazón tan hermoso merece que todos puedan verlo, hoy y siempre”, dijo el viajero con dulzura. Entonces alzó al conejo con cuidado y lo posó suavemente sobre la luna llena y luminosa.
Desde aquel día, dentro de la luna redonda se quedó a vivir un conejito. Con su gesto tierno, como si moliera algo en un mortero, como si siempre estuviera compartiendo. Los amigos del bosque miraban hacia la luna y sonreían.
Todavía hoy, cuando la luna llena brilla resplandeciente, puede verse al conejo en su interior. Para que recordemos aquel corazón cálido, el más generoso aunque fuera tan pequeño. Y la luz de la luna sigue, también esta noche, iluminando con dulzura el mundo entero.
Los otros amigos ofrecieron frutas y alimentos, pero el conejo solo tenía un puñado de hierba. Aun así, lo entregó con todo su corazón, ese pequeño tesoro. Lo que conmovió al viajero no fue la hierba, sino la sinceridad del conejo.
Puede que algún día, mi niño, tu corazón se sienta pequeño y pienses: "Pero si yo tengo tan poco que dar". Aun así, recuerda esto. Compartir no se mide en mucho o poco, sino en si pones tu corazón o no. Aunque lo que tengas sea pequeño, la mano que se ofrece de verdad brilla luminosa como la luna.
Papá desea que crezcas con un corazón generoso, como el conejito de la luna. Y cuando ilumines a alguien con tu calidez, papá se sentirá tan orgulloso de ti como cuando mira la luna llena.