El Viento del Norte y el Sol
Hace muchísimo tiempo, allá en lo alto del cielo, el Viento del Norte y el Sol conversaban tranquilamente. Pero, sin darse cuenta, empezaron a discutir sobre quién de los dos era más fuerte. El Viento del Norte presumía de su poder, mientras que el Sol tan solo sonreía con dulzura.
Justo en ese momento, allá abajo en el camino, iba andando un viajero envuelto en un grueso abrigo. Entonces el Sol propuso: “¿Qué te parece si gana quien consiga primero quitarle el abrigo a ese viajero?”. Y el Viento del Norte, muy seguro de sí mismo, asintió con la cabeza.
Primero le tocó al Viento del Norte. Hinchó sus mejillas con todas sus fuerzas y lanzó una ráfaga fría que silbaba por el aire. Las hojas de los árboles volaron en remolinos y el polvo se levantó por todo el camino.
Cuanto más arreciaba el viento, con más fuerza se cerraba el viajero el abrigo. “Ay, ¿de dónde sale un viento tan helado?”, murmuró encogiendo los hombros de frío. Y con las dos manos sujetó bien fuerte los bordes de su abrigo.
El Viento del Norte sopló más fuerte y más frío todavía. Pero, en lugar de quitarse el abrigo, el viajero se abrochó hasta el último botón. Al final, el Viento del Norte se quedó sin aliento y, con un largo suspiro, tuvo que detenerse.
Ahora era el turno del Sol. El Sol asomó su rostro entre las nubes, despacito, y empezó a derramar sus cálidos rayos con mucha suavidad.
La luz tibia acarició los hombros del viajero. Su cuerpo, que estaba congelado, empezó a deshelarse poco a poco. Y el viajero, con calma, fue aflojando los bordes del abrigo que tanto había sujetado.
El Sol no tenía ninguna prisa. Poco a poco, iba calentando el mundo con más ternura. Y en la frente del viajero comenzaron a brotar pequeñas gotitas de sudor.
“Vaya, ahora hace calorcito”, dijo el viajero, y por fin se quitó el abrigo de un tirón. Luego se sentó a la sombra de un árbol y disfrutó del aire fresco, con el abrigo colgado suavemente del brazo.
Desde allá arriba, el Viento del Norte vio todo aquello y asintió en silencio. “Lo que no logró la fuerza, lo consiguió la ternura”, dijo. Y el Sol, simplemente, sonrió con cariño.
El viento recio hizo que el viajero se aferrara más al abrigo, pero el calor suave hizo que se lo quitara por sí mismo. Más fuerte que la fuerza que empuja resultó ser el corazón que entibia con calma. Y el Viento del Norte grabó esa enseñanza muy adentro.
Desde aquel día, el Viento del Norte y el Sol nunca volvieron a pelear. Porque comprendieron que a veces hace falta una brisa fresca y a veces un calor tibio. Y así, los dos, en buena armonía, se turnaron para cuidar del mundo.
Por más fuerte que soplara el Viento del Norte, el viajero se aferraba aún más a su abrigo. Pero cuando el Sol lo bañó con su calor sereno, el viajero se quitó el abrigo por sí mismo. Es una historia que nos enseña que lo que mueve los corazones no es la fuerza, sino la ternura.
Mi bebé, también llegará el día en que quieras que alguien cambie. Cuando ese día llegue, ojalá seas de los que saben acercarse con calidez, en lugar de empujar o presionar. El corazón de las personas se cierra más cuando lo empujamos, pero se abre solo cuando lo entibiamos con suavidad.
Mientras te cuido, también papá quiere ser una persona como el calor del sol y no como el viento fuerte. Y a tu corazón, mi bebé, siempre lo entibiaré con esa misma luz tibia.